•Los rojiblancos ganan en La Rosaleda con un gol de Griezmann en el primer minuto, el único disparo a puerta de los rojiblancos en todo el partido

•Lacen queda tendido sobre el césped tras un choque con Torres

Fue tal la sorpresa que a Griezmann le costó reaccionar tras su octavo gol de la temporada en Liga. Fue extraño. Primero por los escuetos 39 segundos que habían corrido desde el arranque del partido. Algo casi insólito en este Atlético donde las buenas noticias no suelen darse hasta el segundo acto. El zarpazo chocó a todos porque un simple saque de banda de Vrsaljko (que, eso sí, a veces no es poca cosa) acabó convertido en un embrollo para el desorientado colista. Porque el zurdazo de Saúl acabó envenenado tras tocar en Keko. Y, sobre todo, porque nadie contaba con que el astuto Griezmann anduviera con la antena puesta. Pero ahí estaba él. Y con su diestra, la menos buena, superó a Roberto tras un delicado toque. El francés, que ha espabilado con goles en este 2018, salió disparado al banquillo y levantó hacia el cielo una camiseta del Atlético con el nombre de Cholo Barberá. Ese gol, el que valió la 15ª victoria esta temporada, fue para el chaval del Alzira que falleció sobre el césped una semana atrás. Un gol que, sin duda, habría celebrado con pasión. Y claro, con 89 minutos en el horizonte con el marcador a favor, los de Simeone nunca más volvieron a tener prisa. Y tampoco el Málaga se la metió.

Desde el balcón de esa jugada, los rojiblancos se dedicaron a presenciar en su campo cómo el partido se iba consumiendo. Cómo se iba cocinando por si sola una nueva victoria con la que no perder de vista al Barcelona (hoy a sólo seis puntos). Y en esas labores de contención estuvo, como el que más, Griezmann. De aquí para allá, en la banda o en el centro, tirándose al suelo en su área y acudiendo al rescate de cualquier balón. La mejor manera de dar por olvidado la famosa jugada hacia la grada del Metropolitano en los últimos minutos ante el Valencia. El francés, autor de cinco goles en lo que va de 2018 (tres de ellos en Liga), también trató de idear contragolpes para Diego Costa, pero su socio en la delantera tuvo una espesa tarde y apenas se dio un aire a la bestia que atemorizó a los rivales en sus primeros días del año. Diego acabaría dejando su sitio a Torres con un cuarto de hora por delante.

En su primera aventura liguera como titular, Vitolo nunca encontró su sitio. Arrancó en la derecha sin demasiado tino y acabó en el otro costado, intercambiando la posición con Koke. Hasta la media hora, después de haberse jugado alguna tarjeta amarilla, apenas dio una derechas. El canario rascó una falta en la esquina del área, como solía hacerlo en el Sevilla, anticipándose a Rosales. Fue lo único que se supo de él en La Rosaleda. De hecho Simeone no se lo pensó y, recién estrenada la segunda parte, le devolvió al banquillo, apostando de nuevo por Correa, el héroe de la última jornada ante el Valencia por su latigazo.

El muro de Oblak

La realidad es que no hubo noticias de Roberto, el portero del Málaga, salvo en aquel certero mano a mano del primer minuto. Fue el único disparo a puerta del Atlético en todo el partido. Y tampoco se supo demasiado de Oblak, hasta que Rosales soltó un zapatazo a la escuadra en una falta directa. Por supuesto, hasta allí voló el meta esloveno, que presenta sus mejores números a estas alturas con sólo nueve goles encajados, dos menos que en la temporada 15/16. El empeño blanquiazul de colgar balones siempre tenía el mismo final: los guantes de Oblak. Ni Ideye ni En-Nesyri, los dos puntas malaguistas, asustaron lo más mínimo a la rediseñada zaga del Atlético con Giménez y Lucas por el centro. Y por ahí, enredado entre las piernas rojiblancas, volvió a morir este Málaga de rostro desfigurado.

Y en ese tramo final, alimentado más por la intriga del marcador que por el fútbol, el corazón del estadio se encogió tras un choque de cabezas entre Torres y Lacen. El golpe dejó fuera de combate al centrocampista blanquiazul en unos minutos interminables que acabaron con un resoplido de alivio.

No se movió el marcador porque Correa acabó haciéndose un lío él solo cuando sólo tenía que pensar cómo zanjar la contra de Torres. El Atlético lo había vuelto a hacer. Por octava vez en la temporada, se encaramaba a un solitario gol. Esta vez le sobraron más de 90 minutos. Porque hay días, como hoy, que con 39 segundos es más que suficiente.

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