Más de 1.200 personas al año mueren en Escocia por problemas relacionados con el alcohol, lo que ha obligado a fijar un precio mínimo

La primera parada del día era en Drink Express, el supermercado de licor barato. De ahí a la tienda de apuestas de Ladbrokes, haciendo tiempo hasta la apertura del Paradise o de The Old Black Bull, dos de los incontables pubs del barrio. Así discurrían los días del desempleado Greg Buchanan, a quien conocimos mientras paseaba a su perro en Calton, el barrio más duro del este de Glasgow y el lugar con menor esperanza de vida de Europa (54 años).

“Seguiremos siendo borrachos, adictos y abusadores”, se lamentaba el ex peluquero Barry Cassidy, prematuramente envejecido y sin dientes a los 36, haciendo acto de constricción por su mala vida a las puertas del albergue de la Salvation Army. La raíz de todos sus problemas, reconocía, era el “cóctel explosivo de alcohol y drogas” que golpea con saña a las familias escocesas.

Más de 1.200 personas al año mueren en Escocia por problemas de salud relacionados con el alcohol. La alarmante cifra supera en un 54% al promedio en la vecina Inglaterra. Algo hay sin duda en los genes o en el entorno de la tierra del whisky, que todos los años paga una factura de 3.600 millones de libras (unos 1.000 euros por cabeza) por el uso y abuso del alcohol.

La cosa ha empezado a cambiar esta semana con la entrada en vigor de una peculiar ‘ley seca’, única en el mundo, que fija un precio mínimo por unidad de alcohol. La todopoderosa Scotch Whisky Association boicoteó durante seis años la ley en los tribunales, pero la ministra principal, Nicola Sturgeon, ha podido brindar finalmente (sin alcohol) por la drástica medida, que supone una subida media del 90% en el precio de las bebidas alcohólicas en los supermercados.

“Tenemos que ser audaces y valientes”, ha dicho Sturgeon. “Toda la evidencia nos dice que el precio mínimo por unidad va a suponer una reducción de los ingresos en los hospitales y de las muertes relacionadas con el alcohol. No podemos esperar más tiempo para pasar a la acción”.

Hoy por hoy, los escoceses se beben de promedio 20 unidades de 10 mililitros de alcohol a la semana, cuando el máximo recomendable es de 14 unidades. Se estima que uno de cada cuatro escoceses supera con creces los límites y puede encajar en los moldes de “bebedor empedernido”. Y más que en los pubs, donde el precio del alcohol es relativamente caro y no se va a ver afectado por la normativa, el problema está en los supermercados y en las tiendas que expenden a espuertas el ‘booze’ o licor barato.

La nueva ley fija un precio mínimo de 50 peniques (57 céntimos de euro) por cada unidad de alcohol. La subida afecta a la cerveza, a la sidra y al vino, pero sobre todo a la ginebra, el vodka y el whisky. A mayor graduación alcohólica, mayor será el precio.

Una botella de vino de 750 mililitros pasará a costar el equivalente a 5,50 euros, casi el doble que hasta ahora. Pero el golpe más severo está reservado precisamente para el “agua de vida”, el emblema mismo del orgullo escocés en el mundo (junto con la falda y la gaita) y su segunda mayor exportación (después del petróleo). La botella estándar de whisky costará un mínimo de 16 euros al cambio.

Cambio de actitud

La peculiar ley seca ha causado divisiones tan apasionadas como la independencia en la sociedad escocesa (especialmente entre los hombres, que son obviamente los grandes bebedores). Aunque los seis años de batalla legislativa han servido para mentalizar a la población: ha llegado el momento de un cambio de actitud ante la botella.

“El alcohol ha sido tan barato en Escocia y ha estado tan extendido, que es muy fácil olvidar todo el daño que causa a la salud y a la sociedad”, advierte Alison Douglas, al frente de Alcohol Focus Scotland. “Conviene recordar que el alcohol mata, que contribuye al aumento de la criminalidad y que destruye a las familias. Ése es el trago amargo que la industria se niega a admitir”, añade.

En Berwick-upon-Tweed, al otro lado de la frontera con Inglaterra, los supermercados han hecho acopio de licores ante los anunciados ‘booze cruises’ o ‘cruceros alcohólicos’ provenientes de tierras escocesas que se esperan durante el fin de semana. Aunque las escapadas tendrán los días contados, pues Inglaterra y Gales planean introducir una medida similar en los próximos meses.

Entre tanto, los escoceses, tan afables con los forasteros, andan dándole vueltas al problema que les consume por dentro: ¿Qué es lo que nos hace tan proclives al alcohol y las drogas? ¿Cuál es la auténtica raíz de nuestras adicciones? ¿Hasta qué punto lo que ocurre es una manifestación de una enfermedad social o de los cielos nublados?

El doctor Harry Burns, a quien también conocimos en Glasgow, fue durante una larga década la máxima autoridad médica en Escocia y el principal impulsor de la nueva medida. Burns hablaba de las “enfermedades de la desesperación” y de las desigualdades económicas como campo abonado del alcoholismo rampante en Escocia, que sin embargo ha limpiado su expediente en los últimos años. La criminalidad ha caído de hecho en picado en Glasgow, que presume con razón de ser una de las ciudades más vibrantes del Reino Unido, pese a su eterno lado oscuro.

En Edimburgo, la ‘niña bonita’, vuelve a cabalgar la heroína como en los tiempos de ‘Trainspotting’. El número de muertes al año por consumo de droga en toda Escocia se ha duplicado en una década (867) y uno de los puntos negros es precisamente el barrio de Leith, por donde hacían de las suyas los personajes de Irvine Welsh, de nuevo coceado por el caballo y los opiáceos.

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