•Convertidos, a la fuerza, en ahorradores, entre las consecuencias de esta década destaca el fin del ‘nuevo riquismo’ y el auge del ‘homo asociativo’

Sucedió como casi todos los desastres. La crisis llegó para instalarse, para cambiar lo que hubo de venir más tarde, para ponernos a prueba y, ahora que parece que se deja atrás la década en que ha sido protagonista, urge analizar, con cierta profundidad, qué es lo que ha hecho con nosotros, si mirando bien lejos se puede atisbar de qué pasta estamos hechos y si, en el durante, semejante adversidad nos ha convertido en mejores o peores personas. ¿Nos han saneado como ciudadanos la políticas de austeridad? ¿Somos más ahorradores, más solidarios o más empáticos? ¿Es mayor nuestra capacidad crítica en 2018 que en 2006? ¿Se puede hablar de reordenación de valores en la sociedad española?

Advierte el filósofo Javier Gomá, director de la Fundación Juan March, de una primera necesidad antes de entrar en esta arenosa materia: “La crisis es un mal, como lo es un terremoto o una enfermedad. La crisis produce víctimas y las medidas que se toman son reacciones no deseadas pero necesarias, como una quimioterapia”. Y señala Belén Barreiro, ex directora del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), que mientras este mal se inoculaba en la sociedad española, otra revolución se gestaba: la tecnológica. Lo cuenta en La sociedad que seremos (Planeta), un ensayo publicado en 2017 en el que la autora augura un entramado social cuádruple, formado por personas digitales, analógicas, acomodadas y empobrecidas.

“Con la crisis, muchos ciudadanos sintieron que se estaban empobreciendo y cambiaron sus hábitos de vida y consumo. Muchos dejaron de ir al cine, a restaurantes o espectáculos. Y muchos consumidores se vieron obligados a adoptar medidas de ahorro, desde poner menos la calefacción, dejar de ir al dentista o cambiar de supermercado a uno más económico. Con la recuperación, estamos presenciando el despertar del consumidor, que vuelve a gastar en ocio, en servicios, en compras… No todos lo pueden hacer: la sociedad post crisis es una sociedad más dual, las desigualdades se han agudizado, hay más pobreza, perdura el desempleo… El ciudadano ahora es menos propenso a acumular y mira más por evitar el desperdicio”.

Así plasma Barreiro, en entrevista con este diario, la sociedad que somos hoy, con los datos que recoge como directora del centro de estudios demoscópicos MyWord. También afirma con rotundidad que “los españoles somos solidarios, independientemente de nuestra ideología”. “Lo es el votante de izquierdas y el de derechas. Nos preocupa la desigualdad más que a otros países que son más desiguales y, para nosotros, la cohesión social es prioritaria. Éramos así ya antes de la crisis pero lo somos más aún ahora. La recesión nos ha hecho más empáticos. Como ciudadanía, digerimos mal el dolor ajeno, mucho peor que otros pueblos”.

Una manera de rodear el cambio hasta verlo desde todos sus ángulos es atender a nuestra juventud, a los que estaban creciendo entre 2007 y 2017, a los que pasaban de adolescentes a adultos en estos últimos años. Dice al respecto Anna Sanmartín, subdirectora del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD), “que hasta 2006 los jóvenes se describían como rebeldes, inconformistas y marchosos y, en 2014, se empieza a observar un cambio». «Cala el discurso de la austeridad y de la reivindicación, y los jóvenes comienzan a destacar entonces su faceta de trabajadores y responsables…”.

Al mismo tiempo, sucedía una bonanza, “aumentaba en 10 puntos el interés por la política y por lo público”, aunque esto no quiere decir, advierte Sanmartín, “que confíen en la política”. “Sufren desafección, confían más en las ONG y en las fuerzas de seguridad e incluso en los medios a través de internet, participan más de causas sociales que políticas y se consolida una tendencia que se observaba desde antes de la crisis, que los jóvenes tienen una tolerancia enorme con la moral privada, con las elecciones personales, con los gays, lesbianas, con las adopciones por parte de esos colectivos, con los transexuales, con la eutanasia…”.

Es lo que el escritor Eloy Fernández Porta, que publica ahora en Anagrama el ensayo En la confidencia, tratado de la verdad musitada, llama “el homo asociativo”. “Es cierto que nos hemos saneado si se presta atención a los procesos de socialización que la crisis ha puesto en valor porque las entidades libres, las agrupaciones con causa, los círculos de apoyo y otras formas de bona fide han ido cobrando una relevancia que no tenían hace 10 años pero, si hablamos de economía y, en particular del sector cultural, se ha generalizado la precariedad. ¿Que si nos hemos vuelto más austeros? ¿Cuándo hemos dejado de serlo? Decir que nos hemos vuelto austeros es imaginar retrospectivamente una situación de bonanza que nunca existió“, reflexiona.

El cambio sería “dual”, considera Víctor Lapuente Giné, que investiga en el Instituto de Calidad de Gobierno de la Universidad de Gotemburgo (Suecia): “Por una parte, nos hemos vuelto más exigentes con la cosa pública, no toleraríamos los excesos de antaño que llevaron a la corrupción masiva y descontrolada pero, por otra, ha aumentado la desconfianza hacia las instituciones públicas y eso tiene efectos negativos”.

Existe, eso sí, una consecuencia positiva en la que coinciden tanto el filósofo Javier Gomá como el especialista en analizar la transformación social y digital Borja Adsuara y el psicólogo del gabinete madrileño Cinteco José Carrión: el fin del ‘nuevo riquismo’. “Haberlo pasado mal nos hace ser conscientes de que lo importante no es la mejor casa ni el mejor coche ni el último modelo de móvil. Cuando falta dinero, se gasta mejor”, dice Adsuara. De otra manera, Carrión: “Se ha recordado que lo importante no vale dinero”. Y ahonda Gomá: “El ‘nuevo riquismo’ ha perdido prestigio, que en los 90 lo tenía y mucho. Queda atrás ese exceso, vulgaridad, exhibición, ostentación… esa ansiedad por el lujo fácil”.

Entonces, ¿menos es más? No está claro. Desde el lado del voluntariado habla Laura Fernández, especialista -y voluntaria- de la ONG madrileña Acción Humanitatis, que trabaja por y para las personas sin hogar: “La empatía es difícil cuando se está sobreviviendo. Y la resiliencia es un eufemismo para que aguantemos. Tendemos a pensar que uno está donde merece y, mientras, los derechos se vulneran”.

Otra persona vinculada a las personas sin hogar es el norteamericano Andrew Funk, que puso en marcha en plena crisis el proyecto Homeless Entrepreneur en Barcelona y que promueve que las personas sin hogar se conviertan en emprendedoras y, al cabo, en ciudadanos de plenos derechos, activos, con un techo, etcétera. Apunta Funk que “las políticas de austeridad han servido para crear una sociedad más creativa e ingeniosa a la hora de buscarse la vida” y considera que “la empatía de los ciudadanos no está tan ligada a la política”.

“Pienso que nuestros peores momentos destacan nuestro fondo real. La riqueza extrema y la pobreza extrema nos permiten ser quienes somos porque perdemos el miedo de un posible no. En el caso de personas con riqueza, tienen más poder adquisitivo y, en el caso de personas en la pobreza, ya no pueden quitarles más”. Y, por si acaso -o porque las cosas siempre podrían ser mejor pero también peor-, lanza una reflexión de futuro que sirve a todos, acomodados, digitales, analógicos y empobrecidos: “Los ciudadanos que han llegado a un momento crítico en sus vidas pueden responder de tres maneras: reír, llorar o actuar. Los que ríen no se han vueltos locos, pero sí están paralizados; los que lloran se han vueltos locos y están paralizados; y los que actúan son los que saldrán más fuertes que los no afectados por la crisis”

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